A mi gato Pichu


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Pichu 2001 – 2016

Pichu fue el primer gato que rescaté. Antes de él, solo compartí mi vida con Reina Victoria, que era una gatica tricolor rescatada por mi hermano menor y que, aunque le prometimos a mamá que se quedaría solo una noche, pues murió de vieja en mi casa veintitrés años después.

Fue después que llegó Pichu.

Una noche de semana cuando, después de escucharlo llorar en la calle del frente por más de dos horas tratando de resistirme a la urgencia de ir a ayudarlo, no tuve más remedio que cruzar a la otra acera y traerlo a casa. Mi vecino de entonces me contó unos días después que, pese a la negativa de su familia, había ayudado a la familia felina cuidándola por algunas semanas en un rincón de su jardín. Y en su empeño, hasta había conseguido la adopción de sus tres hermanitos. Pero mientras gestionaba la de mi Pichu, a su mamá gata la atropelló un carro en la avenida. Y siendo un cachorrito, no tardó en sentirse solo y tener hambre, así que pronto empezó a llorar sin parar buscando a su mamá por todo el jardín hasta que la dueña de la casa se fastidió de escucharlo y lo echó a la calle sin mas.

Allí lo encontré yo, caminando solito de un lado a otro de la acera sin saber a dónde ir y llorando desesperado por ayuda.

En casa, lo alimentamos y ese mismo día decidí que se quedaría conmigo. Y por mas de catorce años, Pichu fue el mejor gato del mundo.
Cuando hablo de él, siempre digo que nació aprendío, porque nunca tuve que enseñarle nada. Siempre fue muy educado, aprendió a ir a la caja de arena solito, nunca mordió ni sacó las uñas para hacerme daño, ni siquiera cuando jugaba, hacía caso por su nombre y venía cuando lo llamabas (bueno, si tenía ganas).

Creo que sabía que era negro y, cuando se escondía, siempre parecía desaparecer en la oscuridad. Amaba sus galleticas de “gatarina”, el yogurt, la avena con leche, el helado de chocolate y el de vainilla. Pero odiaba la comida blanda, jamás pudimos hacerlo comer carne ni mucho menos pescado. Y cuando le poníamos algo de eso en el plato nos miraba con su cara de reclamo, como diciendo: ¿y cómo se supone que voy a comerme eso?

Era el único de mis “niños” felinos que tenía permiso de dormir conmigo. Casi nunca maullaba y, de hecho, tenía el maullido más extraño que se puedan imaginar, era algo como una mezcla entre un murmullo y un gruñido que ya no voy a escuchar cada noche al otro lado de la puerta.
El cinco de julio hubo una fuerte tormenta en la ciudad, una de las puertas de madera se cerró con un ventarrón y mi Pichu recibió en su cuerpecito toda la potencia del golpe. Lo encontré un minuto después y ya no podía caminar. Salimos casi de inmediato a la emergencia a pesar de que llovía torrencialmente y la ciudad estaba inundada. Manejé por más de una hora buscando una clínica abierta sin encontrar nada mientras que mi Pichu lloraba en el asiento de atrás pidiéndome ayuda como hacía casi quince años atrás. Ya estaba a punto de rendirme cuando conseguimos una emergencia abierta. Allí nos recibieron y trataron de estabilizarlo, pero ya había pasado demasiado tiempo y se había empeorado mucho. Recostadito en la mesa del quirófano, Pichu me miraba y maullaba de una manera en la que jamás lo había escuchado maullar. Estoy segura de que estaba pidiéndome ayuda porque, cada vez más, le estaba costando respirar.

Pichu se me fue como a las nueve. Y aunque se hizo todo lo posible, no pudo sobrevivir.

Su hermanita adoptiva, Nana, y su hermano Pithou ya se me habían ido antes que él. Ella hace dos años, un veintidós de diciembre. Y él hace poco mas de un año un ocho de febrero. Así que les pedí que vinieran a buscarlo.

Diles que mami los extraña, le dije a Pichu mientras me despedía con un besito en la frente, y que no te dejen solo.
Espero que ahora ya estén juntos los tres, porque no soporto la idea de que estén solos.

Descansa mi Pichu y gracias por estos hermosos catorce años.

Con amor.
Mami.