Closet, máscara y circunstancias

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NOTA DE LA AUTORA. Para leer más sobre este mismo tema, te invito a leer el post introductorio de mi página “Cada novela es un viaje interior“, o el post inicial de mi serie “La razón de este viaje interior“, que es en donde hablo del porqué decidí hacer estas publicaciones tan íntimas.


La vida, al contrario de lo que muchos puedan pensar, no se pinta únicamente en blanco y negro. Demasiadas cosas permanecen hundidas en una laguna de grises que es constantemente negada y descalificada, para dejar una gran parte de los asuntos que más nos afectan, sujetos al corto entendimiento de la mayoría y la escases del sentido común.

Lee mientras escuchas esta maravillosa canción.

Desde mi adolescencia, la vida se ha sentido como una guerra. Siempre sintiendo que debo ponerme a salvo, tener ojos en mi espalda, cuidarme de lo que digo, de cómo lo digo; de cómo miro, camino, hablo y saludo. Siempre a riesgo de caer en desgracia y perder mi familia, mis amigos y la única identidad que siempre había conocido. Y para muchos puede que sea una sorpresa pero, descubrir quién éra debajo de todas las expectativas de una sociedad ferozmente heretonormativa fue una pesadilla; un largo viaje de pérdidas lleno de dolores, confusión y miedo. Mucho miedo.

Entendí desde muy temprano que era distinta, pero mi consciencia de esta diferencia permaneció en el fondo de mi cabeza sin ver la luz hasta que no tuve más remedio que aceptar mis diferencias. Mientras, traté de seguir las normas, las expectativas y las guías de una familia disfuncional de mil maneras y llena de un amor machista que funcionaba en beneficio de los prejuicios y roles que se imponían por encima de todo como principios inviolables.

Algo que me hizo entender desde muy corta edad que, ser yo, no era una opción. Y me resulta gracioso el como muchos de estos procesos emocionales y psicológicos se dan en el fondo de nuestras cabezas, sin reflexión, sin toma de decisiones conscientes o alguna idea de a dónde vamos por ese camino. Pero, la realidad de crecer en un entorno excluyente y represivo, prejuicioso y religioso, frecuentemente termina por superarnos de muchas maneras.

He hablado mucho sobre esto en mis textos, con mis amigos (los pocos que siempre he tenido), con mi analista, con mi pareja. Y siempre me sorprendo de cómo muchos crecemos sintiendo que nuestro entorno es silenciosamente prejuicioso y desentendido del amor verdadero e incondicional porque es imposible sentirnos amados sabiendo que nuestro verdadero yo jamás sería aceptado. Y sin embargo, este mismo entorno, logra someternos y anularnos sin nunca tomar ninguna acción directa para hacerlo, sencillamente manipulando nuestra necesidad de seguir siendo parte de nuestra familia.

Elena y Peyton comentan sobre la heterosexualidad de Elena.

La violencia se viste de distintas maneras para pasar desapercibida y en el núcleo familiar rara vez se la llama por su nombre, en cambio, se dice “lo hace porque te quiere, porque quiere lo mejor para ti”. Pero, ¿cuántas veces es realmente así? “Eso le pasó por ser así”, “se lo estaba buscando”, “le pasa por marica o tortillera”, y la siempre inolvidable: “es preferible que sea puta y no lesbiana”. Todas estas frases son expresiones de violencia que dejan claro que si algo malo sucediera (como que te atrevas a enamorarte de una mujer) lo habrías merecido, porque las personas que contrarían a la sociedad heteronormativa deben ser castigadas. Y, a mi entender, no hay una gota de amor en una familia capaz de desterrar a uno de los suyos por amar distinto. Ni siquiera tiene sentido decir que amas a tu hija pero que no la aceptas. El amor acepta las diferencias y no es excluyente ni violento o condicional. Y quien crea que es así no ha amado nunca.

Todas estas frases eran comunes entre mis primos y tíos, y funcionaron como muro de contención para cualquier diferencia que se pudiera presentar en la familia, esa ha sido siempre la estrategia y la guía que nos deja claro que no seremos bienvenidos, ni aceptados ni amados, si no cumplimos con las expectativas que se tienen de nosotros. Y cuando entendemos estas cosas, la familia deja de ser ese lugar en el que nos sentíamos seguros y se convierte en una prisión, en una fuente de prejuicios que nos hacen creer que algo en nosotros está mal y que debemos cambiar lo que sabemos distinto en nosotros. La parte más trágica de todo, es saber que siempre logramos fingir, siempre logramos crear una versión de nosotros que es aceptada sin cuestionamientos; siempre logramos actuar como si nuestra vida fuera una película llena de heterosexualidad, de la que regresamos llorando todos los días.

Sufrí depresión desde mi adolescencia, pero mi familia siempre pensó que yo solo trataba de llamar la atención, porque ¿qué motivos podía tener yo para estar triste? Pero nadie nunca se molestó en saber, realmente saber, qué me pasaba. Y un día, luego de dos hospitalizaciones por una severa gastritis y después de estar a punto de suicidarme en dos ocasiones, alguien finalmente me dijo “busca ayuda”. Irónicamente, esa persona finalmente no me aceptó y me cuestionó tratando de hacerme ver que estaba haciendo las cosas mal, cuando por primera vez estaba haciendo lo que siempre debí hacer: ser yo.

“Sé tú mismo, todos los demás ya están tomados”. —Oscar Wilde

Todo eso es ya cosa del pasado y he conseguido aceptar a mi familia con todos sus defectos, sus prejuicios, su amor condicionado e incompleto y esa idea de que son mejores que yo porque se han apegado al guión heteronormativo. Ya no me hago bolas tratando de entender el porqué de la vida que me ha tocado, porque toda esta historia me convirtió en la persona que soy, y esta persona que soy, me cae bien y es feliz.

Escribir me ayudó mucho. “Las tantas que hay de mí”, es una larga reflexión que me ayudó a procesar y a entender muchos rasgos de mi personalidad, mi depresión y mi necesidad de sentirme segura y aceptada, aunque me haya tomado más de veinte años el poder ver con tanta claridad lo que ese texto significó para mí.

Hoy trabajo a tiempo completo por el éxito de mi segunda novela “El amor como un elefante, reliquum” que, al igual que todos mis textos, fue un recurso de supervivencia en una época de conflicto, confusión y profunda soledad. Y la respuesta que he tenido, ha sido realmente inesperada.

Frecuentemente, me escriben mujeres atrapadas en situaciones muy parecidas e igual de difíciles que las que me tocó vivir. Están llenas de miedo, confusión y tienen la profunda e inevitable necesidad de expresarse. Y aunque trato, no puedo responder siempre como ellas esperan porque no puedo decirles lo que ellas quieren; no puedo —ni me corresponde— decirles quiénes son o qué hacer ahora que se han enamorado de una mujer por primera (o enésima) vez. Desde mi lugar, solo puedo prestarles las experiencias y reflexiones personales que he retratado en mis novelas, y decirles que las entiendo, que no están solas. Quizás no sea mucho, pero a menudo siento que ha sido suficiente.

Helena y Tina hablan sobre la heterosexualidad de Dylan.

Si tan solo yo hubiera tenido alguien con quien hablar de esto cuando tenía catorce años y no entendía por qué no compartía los mismos intereses de mis amigas; si tan solo hubiera tenido con quien hablar de esto cuando estaba en mis veintes y la depresión me aplastaba todos los días, si tan solo hubiera podido hablar de esto a tiempo, tal vez no me habría querido suicidar y habría vivido mi vida sin tantos dolores, pérdidas, confusión y miedo. Tal vez, solo tal vez.

Con el tiempo, he aprendido a apreciar mi historia y mi soledad y yo hemos terminado llevándonos muy bien. Ya no siento que estar sola sea lo mismo que sentirme sola. Y es que, ya no me siento sola, me tengo a mí, tengo amor y tengo el mejor regalo que el tiempo me ha podido conceder: sé quiénes me han amado, quiénes son realmente mi familia y mis amigos, y —sobre todo— sé lo que significa amar incondicionalmente. La mayoría de las personas que conozco nunca tendrá la certeza de ninguna de estas cosas, pero yo sí la tengo. Soy afortunada.

Cuando quedas atrapada en medio de tus circunstancias y sientes que te asfixias, es difícil entender que la vida te pueda estar mostrando el camino. Pero, casi siempre es eso lo que está pasando. Solo hay que poner atención a las señales, mantener el espíritu de lucha y seguir al corazón, para encontrar la salida de nuestro propio laberinto.

Todo se soluciona de una manera o de otra, porque nada es permanente. Sin importar lo infinito que parezca, este dolor pasará; sin importar lo profunda que se sienta, esta confusión también pasará. Y cuando el dolor pase y la confusión se disipe, solo quedarán el amor y la luz interior.

Cuando puedan ver el mundo desde afuera del laberinto, se preguntarán cómo pudieron encerrarse en ese lugar tan oscuro, cómo pudieron usar esa máscara y cómo pudieron evitar al amor por tanto tiempo.

Pero, son las cosas que aprendemos en nuestro entorno las que hacen que nos sintamos obligadas a castigarnos y a someternos a situaciones inhumanas que nos corroen el espíritu sin haber cometido nunca falta alguna. Solo tenemos que entender nuestras circunstancias, perdonar, aceptar y amar, para liberarnos.

El amor nunca es una falta, y sabernos capaces de amar nunca podrá ser un defecto o un error de la naturaleza.

FIN.


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